miércoles, 29 de julio de 2009

Barrer, trapear, pintar

En verano (me gusta más usar la inexacta y más literaria palabra 'verano' para referirme a la temporada seca de este país) la gente suele arreglar la casa. Se botan cachivaches, muebles viejos, papeles, cosas inservibles. Con los objetos uno tiene la superstición o la fantasía de que también se van las tristezas, los dolores, los rencores. Es una manera de exorcisar las malas vibras del año que se está dejando atrás. Barremos y trapeamos furiosamente tratando de remover hasta el milímetro la suciedad acumulada en aquellos rincones que nunca visitamos. Lo mismo nos sucede interiormente. Simbolicamente tratamos de sacar aquellas manchas que nos opacan, aquellos recuerdos malos que nos hacen daño y que generalmente hemos dejado dormidos. Luego buscamos la pintura. Colores distintos, vivos y brillantes, solemos elegir, para darle a la casa otra aire, otra luz. Ojalá un aspecto nuevo, como una hoja en blanco donde volver a escribir la historia desde cero. Así nosotros nos prometemos enmendar los malos pasos, pedir perdón, dejar los malos hábitos, retomar los proyectos inconclusos y romper con la cadena de postergaciones eternas.

Este blog estaba un poco abandonado, así que con palabras de jabón, escoba de rectificación y pintura de ideas nuevas vamos a tratar de recobrarlo para que brille, para que respire renovado y sepa que no lo olvidamos. Que es una casa donde cabe todo. Donde caben todos.

viernes, 12 de junio de 2009

Elogio a la locura

La cuenta regresiva para ingresar al reino de los locos avanza inexorablemente. Faltan días para que se inaugure el quinquenio del señor Martinelli y su corte demente. Hastiados y cansados de lo mismo, del bipartidismo gastado en torno a dos difuntos cada vez más lejanos y grises, la gente le apostó a la locura. Hemos reemplazado la polarización por la bipolridad. La razón se había mostrado ineficaz, así que podíamos prescindir de ella y librarnos al arbitrio de quienes invocan a la luna y le aullan. Para allá vamos. Y las señales son preocupantes. Los nombramientos ministeriales son un misterio, solo explicable fuera de los cauces trillados de la lógica: una ginecóloga que luchará contra el contrabando, un buen muchacho, artista de la lágrima televisiva y los motores rugientes, sin un título al mando de un ministerio social; un gerente y financista aficionado al aire libre como responsable de la ANAM, un publicista ganchoso como Ministro de Gobierno, una periodista opinadora como Ministra de Educación. Otro ministro quiere cazar comunistas hasta debajo de la cama. Y su jefe de policía parece una mezcla de Yul Brainer y Benito Musolini del trópico. Y así por el estilo. Todavía no han hecho nada. Solo hablar, sin mucha sustancia, solo ideas muy gaseosas, muy propias del reino del ensueño. O del delirio. Pero van a hacer cosas. Se les ve en la mirada alucinada. Erasmo de Rotterdam también estaría asustado.

martes, 2 de junio de 2009

La enfermedad del miedo

Caímos. Caímos todos. El anuncio. La alarma. El miedo. Un simple estornudo nos puso a temblar. Vimos pasar ante nuestros ojos la vida. Reparamos de pronto en todo lo que habíamos dejado de lado. Volvimos a ser niños juiciosos, a lavarnos las manos, a estar pendientes de las indicaciones oficiales, a cuidarnos y a temernos. Echamos mano de pañuelos, codos. Optamos por escondernos. Nos ocultamos tras mascarillas, es decir máscaras pequeñas que negaban nuestro rostro (nos negaban) en aras de una presunta seguridad. La distancia se instaló, sólida, entre nosotros. Saboteó el amor, dinamitó el afecto, sembró la duda, la sospecha y el recelo. Volvimos a tener miedo. Estuvimos en manos de las autoridades y no reparamos que ellos también tenían miedo. No sabían. Ocultaban cosas. Se equivocaban. Quien acudió a los servicios de salud por esos días lo puede atestiguar. Sí. Se equivocaban. Poco a poco, con el correr de los días y (¡paradójico!) a medida que el virus se regaba inexplicablemente (la explicación oficial es cuando menos sospechable) nos volvió la tranquilidad. No mata. Al menos no tanto. Al menos (todavía) no aquí. ¿Cuál es el miedo? Pero no estamos sanos. No. El miedo es el virus que nos paraliza (o nos moviliza). Los poderosos se dieron cuenta (una vez más). El miedo mueve. El miedo vende (pregúnteselo a los noticieros, las farmacias, a los que venden limpiadores, mascarillas, gel alcohlado etc.) El miedo nos hace olvidar de los problemas cotidianos, del hambre cotidiana, de las postergaciones cotidianas, de la desidia y la corrupción cotidianas. La (explicable) violencia cotidiana. Y eso sí mata. Seguro.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Islas en la ciudad


Nadie las ve. Todo el mundo pasa a toda prisa por su lado. Incluso las atraviesan. Son la pausa en la agonía del cruce de una avenida. Un trozo de tierra salvadora. Pero están allí. Algunas son inhóspitas. Áridas y desiertas, parecen una comarca de la Antártida. Otras son hermosas. llenas de árboles, vegetación, aves. Vida. Casi parecerían parques, si su extensión no fuera tan breve y su función no fuera tan utilitaria. Pero si uno se lo propone, si uno tensa la realidad, si aplica la imaginación y se queda allí por un tiempo más que el necesario descubre sorprendido esa otra tierra, alternativa, paralela. Un mundo aislado en medio del ruido de la ciudad que ruge. Podría incluso quedarse a vivir allí. Debería haber más. Muchas más por todas partes. En una ciudad, no digamos ideal (sería pedir demasiado) pero al menos un poco más humana, con más espacio para la gente, con calles más amables, no estas invitaciones al suicidio colectivo que son las vías citadinas. Sería de agradecer. Las isletas son una provocación a salirse del cauce furioso de la urbe y habitar por un instante (o un siglo) otro mundo.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Alimentar a la sierpe


La miro. Ella me devuelve la mirada. La sostiene. Es insolente. Altanera. Exigente. Voraz. Lo sé. Tiene hambre y no tiene la menor vergüenza en exigir que la sacie. Silente. Sin palabras. He creído, algunas noches, escuchar un silbido quedo pero persistente, insidioso. Es ella. Sé que es ella que pide y pide sin siquiera la promesa de dar nada a cambio. Me reta y trata de amedrentarme con amenazas calculadas. Es inteligente, no hay duda. Pero también cruel. Me tiraniza. Quiere mi sumisión, mi allanamiento. ¿Cuanto tiempo podré resistirme? La sierpe quiere que la llene de historias nuevas, de ocurrencias ingeniosas, quiere que le cuente mis cosas (¡habrase visto!) y que encima las haga públicas. ¿Habrá para tanto? A veces lo dudo. Pero ella no cede. Un día terminará devorándome.

miércoles, 18 de febrero de 2009

La guerra de los talingos y las palomas


Un combate se libra en las alturas. Seres alados, blancos unos; negrísimos los otros. Podría pensarse en una lucha entre la luz y las tinieblas. Pero no. Ambos bandos abrevan de ambos extremos. Son ambiguos y ambivalentes, en fin: naturales y silvestres. Ambos son plagas: ratas con alas dirán algunos. Los he visto espiarse, con recelo y con rencor, huir y esconderse. Persistir en el territorio conquistado. Llorar la derrota. Son invasores. Primero las palomas tomaron por asalto los aleros de mi casa. En recovecos inalcanzables, construyeron nidos y fortalezas. Allí vieron la luz pichones hambrientos que luego partieron para no volver. Allí pasaron las temporadas de lluvias, cubrieron las ventanas de plumas y de heces, su amor ruidoso llenó de insomnio numerosas noches eternas. Y entonces, el árbol que alguien plantó hace mucho tiempo en el jardín que da sobre la vereda creció, y sus ramas se extendieron hacia las alturas. Hasta allí llegó una mañana la bandada de talingos fugitivos. Banda al fin, se tomaron el árbol sin pedir permiso, se adueñaron de cada rama y no permitieron más intrusión ni tan siquiera acercamientos. Desde esa base de avanzada divisaron al enemigo: las palomas blancas, o manchadas. Estas no se dejaron intimidar. Practicaron hasta la saciedad la retirada estratégica, evadieron los lances agresivos de las aves negras pero persistieron una y otra vez en su necio propósito de dominar la techumbre de mi casa. Sobrevivientes de balinazos, escobazos, piedras, agua, reinaron hasta la llegada de los talingos, que no cesaron entonces de perseguirlas, atacarlas, amedrentarlas, de todas las formas posibles. Una vez, un vecino tuvo la temeraria idea de soltar a tres gavilanes en la vecindad. Cundió el terror, no solo entre las aves sino entre los demás vecinos. En cuestión de horas, las rapaces dieron cuenta de talingos, palomas, colibrís y pechiamarillos. Los sobrevivientes huyeron en desbandada hasta la colina cercana, donde esperaron varios días hasta que concluyera la amenaza. Finalmente alguien logró atajar a los gavilanes. Desde entonces, las batallas entre talingos y palomas se ha reanudado, pero ya nadie les presta atención. Ya son parte del paisaje.

jueves, 5 de febrero de 2009

El bosque


Semillas remotas traídas por las aves se enclavaron en la delgada capa de tierra que cubre la rocosa loma que domina San Cristóbal. Y allí donde solo una hierba salvaje y simple crecía para ser raída cada verano por el fuego de los incendios, crecieron, primero tímidos, luego imponentes, aquellos árboles. Son modestos, no vaya a pensarse en robles, encinos, naranjos o cosa parecida. Defienden su dignidad para no ser confundidos con arbustos, pero su altura nunca supondrá un desafío para ninguna especie. Con sus brazos extendidos hacia el cielo, acaso suplicantes, seguramente sedientos, son refugio de las aves. También enmarcan la ruta tortuosa de algunos piedreros que cruzan hacia San Miguelito, luego de abastecerse en los sórdidos mercados de drogas clandestinos de Río Abajo. Algunas noches se ven los reflejos repentinos de los fuegos que encienden en algún lugar de la colina para consumir su vicio en ese aislamiento falso, en ese simulacro de monte que les da la ilusa sensación de libertad. Otros, más osados, y mas desagradables, arrastran llantas y las queman en los baldíos adyacentes a la loma para extraerles los alambres y venderlos como metal en alguna de las compraventas de reciclaje que también abundan en las cercanías. Su humo tóxico enferma a los vecinos, pero, desde luego, a ellos los trae sin cuidado. Pero en ese bosque reside, o residía otro habitante. Uno que rehuye a la gente, que se esconde detrás de la exigua maleza. Rey solitario de la colina, monarca del silencio, gobernante de su imperio de pájaros malditos, perros fugitivos, ratas hambrientas y estrellas lejanas. Él, cuyo nombre no recuerdo, se desliza hacia la ciudad, en busca de algo para mantenerse. Arrastra la vergüenza, disimula el dolor. No es cínico ni enajenado como se pensaría de un habitante de la calle. De hecho no vive en la calle sino allá en lo alto, en la loma. A veces sube a los buses a pedir ayuda. Lo hace muerto de la pena, pero aun con restos de una entereza y una dignidad maltratada que lo reivindican. Su cara manchada lo delata, pero el no tiene nada que esconder. Y lo habla alto: el sarcoma de Kaposi lo consume vivo. Sabe que le queda poco tiempo. El Sida lo expulsó del mundo y lo relegó a aquella comarca cercana aunque inhóspita en donde temo que ya se haya perdido para siempre.