jueves, 30 de julio de 2009

Ave eléctrica



Lo primero que se oyó fue un chasquido. Luego hubo como un chisporroteo, como si alguien estuviera haciendo un huevo frito. En seguida se escuchó un "boom". Todos corrimos hacia la ventana. Advertimos que no había electricidad. El transformador de la red eléctrica que pasa por nuestro edificio, y que está peligrosamente ubicado a unos cinco metros de mi balcón acababa de explotar. Salía algo de humo de su parte superior. "Nos fregamos", creo que dijo mi esposa. Parecía que todo se debía a una fluctuación de voltaje, tan común en la barriada. De pronto Adrián David, mi hijo menor, de siete años, que se había asomado a la ventana pese a que le habíamos dicho que no lo hiciera, exclamó: "¡Mira! ¡ahí!. Me asomé. No podía creerlo. Porfiado y tranquilo un talingo terminaba de acomodar las ramitas de su nido que acababa de construir, justo debajo del transformador. Un movimiento de sus alas o de su cola había causado un cortocircuito que podría haberlo convertido en ave rostizada. Pero él (¿o ella?) estaba como si nada, a sus anchas en su nueva casa. ¿Qué hado, que dios alado y perverso protege a estos pajarracos? ¿cómo osan, cómo juegan con la muerte de manera impune y temeraria? (y claro, nos perjudican de paso) Este pariente tropical de los cuervos de Poe parece pasearse entre el mundo de los vivos y los muertos con absoluta indolencia. Cargados de energía sin duda nacerán y crecerán las crías cuyos huevos ya empolla.

miércoles, 29 de julio de 2009

Gutierrez


Tembloroso y cojo, pelado y con mirada de desamparo, llegó un día cualquiera a rebuscar comida en la basura. Nadie lo quería. Era un intruso, un merodeador. Un indeseable. Su mansedumbre, su terca persistencia fueron haciéndolo parte del paisaje. Llegaba a dormir largas siestas a los portones del edificio. Poco a poco le fuimos tomando cariño. Lo llamamos 'Gutierrez'. El lo aceptó de buen grado. Se convirtió en la mascota del edificio. Mis hijos se alegraban al verlo en las mañanas cuando salíamos para la escuela. "¡Hola Guitierrez!", lo llamaban con entusiasmo y él, alegre, meneaba la cola. Nos 'escoltaba' hasta la parada de buses, bien distante. Luego regresaba. Asumió su función de guardián y se volvió un problema para los señores que dejaban los recibos de la luz, del agua, del cable, anunciaba la cercanía de gente sospechosa, día y noche. Desafiaba a los otros canes más robustos, mejor alimentados y en mejores condiciones de salud que él. Durante algunos días parecía que estaba más enfermo que de costumbre. Echado al lado del portón, llegamos a pensar que estaba muerto. Un día cualquiera no lo vimos más. Así como llegó, se desvaneció sin dejar rastro. "¿Dónde está Gutierrez?", preguntan todavía mis hijos. No tengo respuestas para ellos, ni para mí. En las noches escucho a los perros aullar y ladrar. Entre esos sonidos creo reconocer el bufido cansado y profundo de Gutierrez. Y me pregunto cuando tardará en recordar el camino de vuelta a esta, su 'casa'. O si se habrá extraviado ya para siempre tras un elusivo hueso en algún sendero perdido entre las estrellas.

Barrer, trapear, pintar

En verano (me gusta más usar la inexacta y más literaria palabra 'verano' para referirme a la temporada seca de este país) la gente suele arreglar la casa. Se botan cachivaches, muebles viejos, papeles, cosas inservibles. Con los objetos uno tiene la superstición o la fantasía de que también se van las tristezas, los dolores, los rencores. Es una manera de exorcisar las malas vibras del año que se está dejando atrás. Barremos y trapeamos furiosamente tratando de remover hasta el milímetro la suciedad acumulada en aquellos rincones que nunca visitamos. Lo mismo nos sucede interiormente. Simbolicamente tratamos de sacar aquellas manchas que nos opacan, aquellos recuerdos malos que nos hacen daño y que generalmente hemos dejado dormidos. Luego buscamos la pintura. Colores distintos, vivos y brillantes, solemos elegir, para darle a la casa otra aire, otra luz. Ojalá un aspecto nuevo, como una hoja en blanco donde volver a escribir la historia desde cero. Así nosotros nos prometemos enmendar los malos pasos, pedir perdón, dejar los malos hábitos, retomar los proyectos inconclusos y romper con la cadena de postergaciones eternas.

Este blog estaba un poco abandonado, así que con palabras de jabón, escoba de rectificación y pintura de ideas nuevas vamos a tratar de recobrarlo para que brille, para que respire renovado y sepa que no lo olvidamos. Que es una casa donde cabe todo. Donde caben todos.

viernes, 12 de junio de 2009

Elogio a la locura

La cuenta regresiva para ingresar al reino de los locos avanza inexorablemente. Faltan días para que se inaugure el quinquenio del señor Martinelli y su corte demente. Hastiados y cansados de lo mismo, del bipartidismo gastado en torno a dos difuntos cada vez más lejanos y grises, la gente le apostó a la locura. Hemos reemplazado la polarización por la bipolridad. La razón se había mostrado ineficaz, así que podíamos prescindir de ella y librarnos al arbitrio de quienes invocan a la luna y le aullan. Para allá vamos. Y las señales son preocupantes. Los nombramientos ministeriales son un misterio, solo explicable fuera de los cauces trillados de la lógica: una ginecóloga que luchará contra el contrabando, un buen muchacho, artista de la lágrima televisiva y los motores rugientes, sin un título al mando de un ministerio social; un gerente y financista aficionado al aire libre como responsable de la ANAM, un publicista ganchoso como Ministro de Gobierno, una periodista opinadora como Ministra de Educación. Otro ministro quiere cazar comunistas hasta debajo de la cama. Y su jefe de policía parece una mezcla de Yul Brainer y Benito Musolini del trópico. Y así por el estilo. Todavía no han hecho nada. Solo hablar, sin mucha sustancia, solo ideas muy gaseosas, muy propias del reino del ensueño. O del delirio. Pero van a hacer cosas. Se les ve en la mirada alucinada. Erasmo de Rotterdam también estaría asustado.

martes, 2 de junio de 2009

La enfermedad del miedo

Caímos. Caímos todos. El anuncio. La alarma. El miedo. Un simple estornudo nos puso a temblar. Vimos pasar ante nuestros ojos la vida. Reparamos de pronto en todo lo que habíamos dejado de lado. Volvimos a ser niños juiciosos, a lavarnos las manos, a estar pendientes de las indicaciones oficiales, a cuidarnos y a temernos. Echamos mano de pañuelos, codos. Optamos por escondernos. Nos ocultamos tras mascarillas, es decir máscaras pequeñas que negaban nuestro rostro (nos negaban) en aras de una presunta seguridad. La distancia se instaló, sólida, entre nosotros. Saboteó el amor, dinamitó el afecto, sembró la duda, la sospecha y el recelo. Volvimos a tener miedo. Estuvimos en manos de las autoridades y no reparamos que ellos también tenían miedo. No sabían. Ocultaban cosas. Se equivocaban. Quien acudió a los servicios de salud por esos días lo puede atestiguar. Sí. Se equivocaban. Poco a poco, con el correr de los días y (¡paradójico!) a medida que el virus se regaba inexplicablemente (la explicación oficial es cuando menos sospechable) nos volvió la tranquilidad. No mata. Al menos no tanto. Al menos (todavía) no aquí. ¿Cuál es el miedo? Pero no estamos sanos. No. El miedo es el virus que nos paraliza (o nos moviliza). Los poderosos se dieron cuenta (una vez más). El miedo mueve. El miedo vende (pregúnteselo a los noticieros, las farmacias, a los que venden limpiadores, mascarillas, gel alcohlado etc.) El miedo nos hace olvidar de los problemas cotidianos, del hambre cotidiana, de las postergaciones cotidianas, de la desidia y la corrupción cotidianas. La (explicable) violencia cotidiana. Y eso sí mata. Seguro.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Islas en la ciudad


Nadie las ve. Todo el mundo pasa a toda prisa por su lado. Incluso las atraviesan. Son la pausa en la agonía del cruce de una avenida. Un trozo de tierra salvadora. Pero están allí. Algunas son inhóspitas. Áridas y desiertas, parecen una comarca de la Antártida. Otras son hermosas. llenas de árboles, vegetación, aves. Vida. Casi parecerían parques, si su extensión no fuera tan breve y su función no fuera tan utilitaria. Pero si uno se lo propone, si uno tensa la realidad, si aplica la imaginación y se queda allí por un tiempo más que el necesario descubre sorprendido esa otra tierra, alternativa, paralela. Un mundo aislado en medio del ruido de la ciudad que ruge. Podría incluso quedarse a vivir allí. Debería haber más. Muchas más por todas partes. En una ciudad, no digamos ideal (sería pedir demasiado) pero al menos un poco más humana, con más espacio para la gente, con calles más amables, no estas invitaciones al suicidio colectivo que son las vías citadinas. Sería de agradecer. Las isletas son una provocación a salirse del cauce furioso de la urbe y habitar por un instante (o un siglo) otro mundo.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Alimentar a la sierpe


La miro. Ella me devuelve la mirada. La sostiene. Es insolente. Altanera. Exigente. Voraz. Lo sé. Tiene hambre y no tiene la menor vergüenza en exigir que la sacie. Silente. Sin palabras. He creído, algunas noches, escuchar un silbido quedo pero persistente, insidioso. Es ella. Sé que es ella que pide y pide sin siquiera la promesa de dar nada a cambio. Me reta y trata de amedrentarme con amenazas calculadas. Es inteligente, no hay duda. Pero también cruel. Me tiraniza. Quiere mi sumisión, mi allanamiento. ¿Cuanto tiempo podré resistirme? La sierpe quiere que la llene de historias nuevas, de ocurrencias ingeniosas, quiere que le cuente mis cosas (¡habrase visto!) y que encima las haga públicas. ¿Habrá para tanto? A veces lo dudo. Pero ella no cede. Un día terminará devorándome.