Tuve que ir a Chiriquí a cubrir las crecidas de los ríos y los deslizamientos. El viaje era un deseo secreto, una necesidad sentida. Me pidieron que fuera. Ni tan siquiera lo pensé. Mi cuerpo, que ya se había empezado a amodorrar, a acostumbrar a la rutina, sabía que aún había energía y ganas suficientes para misiones de este tipo. Además el oxígeno, el aire, el verde, eran una añoranza vieja. Viajé, vi y conté. ¿Fue suficiente? No lo creo. No pude contar la cortina de lluvia que nos recibió antes de llegar a la ciudad de David, insidiosa y frontal que como miles de agujas efímeras se quebraba contra los cristales del vehículo en el que viajábamos. No pude contar la visión de las nubes bajas que estuvieron acosándonos toda la distancia, desde que salimos de la ciudad y solo nos abandonaron por trechos cortos.
Al acercarnos a David, ya de noche, el cielo había bajado a encontrarse con las ramas de los árboles mecidos por la ventisca. Las luces iluminaban las sábanas densas tendidas en el aire y llenaban la noche de colores fantasmales, de sombras furtivas.
Llegamos. Flor y Carlos nos estaban esperando. Lucían cansados pero tenían la inyección de la adrenalina en los ojos. Ya habían intentado remontar la cordillera, hacia Bocas del Toro, en busca de noticias y nada los haría desistir de su empeño. Entendí entonces que ese premio era de ellos, que nosotros no teníamos nada que buscar en esa ruta y que era mejor planear otras cosas. Era inútil tratar de replicar el viaje que ellos ya se habían prefigurado. Era su recompensa. No les haríamos una inútil sombra.
La noche fue cómoda. El día inició temprano, poco antes de que el sol despuntara por el horizonte. La mañana nubosa y gris sin embargo fue amable. Subimos hasta las montañas. Las aguas habían bajado notablemente pero su rastro destructivo estaba por todas partes. Todo cobraba sentido nuevamente. La urgencia de los hechos había dejado por fuera detalles. Detalles y detalles diseminados por aquí y por allá como las huellas de un criminal. Haríamos entonces de forenses del desastre, de detectives de la calamidad. Era la hora de internarnos en el misterio de la naturaleza.
Al acercarnos a David, ya de noche, el cielo había bajado a encontrarse con las ramas de los árboles mecidos por la ventisca. Las luces iluminaban las sábanas densas tendidas en el aire y llenaban la noche de colores fantasmales, de sombras furtivas.
Llegamos. Flor y Carlos nos estaban esperando. Lucían cansados pero tenían la inyección de la adrenalina en los ojos. Ya habían intentado remontar la cordillera, hacia Bocas del Toro, en busca de noticias y nada los haría desistir de su empeño. Entendí entonces que ese premio era de ellos, que nosotros no teníamos nada que buscar en esa ruta y que era mejor planear otras cosas. Era inútil tratar de replicar el viaje que ellos ya se habían prefigurado. Era su recompensa. No les haríamos una inútil sombra.
La noche fue cómoda. El día inició temprano, poco antes de que el sol despuntara por el horizonte. La mañana nubosa y gris sin embargo fue amable. Subimos hasta las montañas. Las aguas habían bajado notablemente pero su rastro destructivo estaba por todas partes. Todo cobraba sentido nuevamente. La urgencia de los hechos había dejado por fuera detalles. Detalles y detalles diseminados por aquí y por allá como las huellas de un criminal. Haríamos entonces de forenses del desastre, de detectives de la calamidad. Era la hora de internarnos en el misterio de la naturaleza.

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