
Tembloroso y cojo, pelado y con mirada de desamparo, llegó un día cualquiera a rebuscar comida en la basura. Nadie lo quería. Era un intruso, un merodeador. Un indeseable. Su mansedumbre, su terca persistencia fueron haciéndolo parte del paisaje. Llegaba a dormir largas siestas a los portones del edificio. Poco a poco le fuimos tomando cariño. Lo llamamos 'Gutierrez'. El lo aceptó de buen grado. Se convirtió en la mascota del edificio. Mis hijos se alegraban al verlo en las mañanas cuando salíamos para la escuela. "¡Hola Guitierrez!", lo llamaban con entusiasmo y él, alegre, meneaba la cola. Nos 'escoltaba' hasta la parada de buses, bien distante. Luego regresaba. Asumió su función de guardián y se volvió un problema para los señores que dejaban los recibos de la luz, del agua, del cable, anunciaba la cercanía de gente sospechosa, día y noche. Desafiaba a los otros canes más robustos, mejor alimentados y en mejores condiciones de salud que él. Durante algunos días parecía que estaba más enfermo que de costumbre. Echado al lado del portón, llegamos a pensar que estaba muerto. Un día cualquiera no lo vimos más. Así como llegó, se desvaneció sin dejar rastro. "¿Dónde está Gutierrez?", preguntan todavía mis hijos. No tengo respuestas para ellos, ni para mí. En las noches escucho a los perros aullar y ladrar. Entre esos sonidos creo reconocer el bufido cansado y profundo de Gutierrez. Y me pregunto cuando tardará en recordar el camino de vuelta a esta, su 'casa'. O si se habrá extraviado ya para siempre tras un elusivo hueso en algún sendero perdido entre las estrellas.

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