sábado, 31 de enero de 2009

Imaginario


Las primeras historias que conté en mi vida no se referían a nada que existiera realmente. Eran puertas hacia otras dimensiones, búsquedas. Aunque la realidad no era horrible, no era, al menos para mí, a esa corta edad, ciertamente interesante. Tenía que existir algo en esta vida mejor de lo que había ante mis ojos. Si no, había que inventarlo. Así llené cientos de cuadernos con cuentos ilustrados, historias bizarras de dinosaurios, laboratorios secretos, planetas distantes o continentes desaparecidos habitados por civilizaciones fantásticas. Pronto las imágenes terminaron invadiendo todo, la impaciencia por contar se volvió gráfica. Luego la vida se encargó de equilibrar las cargas y la palabra, reconciliada con la realidad, al final venció. Pero no del todo. De tarde en tarde, con el lápiz, la pluma, la acuarela o con las sencillas utilerías de dibujo de la pc vuelve el deseo de pintar algo. Como estos dibujitos algo infantiles que ilustran algunos textos.

viernes, 30 de enero de 2009

Amigo

Alguien me pidió algo de ficción. Aquí hay un pequeño texto que andaba suelto por ahí.

La carne del amigo



'Hola muchacho', lo saludó el hombre alegremente, como solía hacer todas las mañanas cuando visitaba su celda. Colocó el plato de latón con la comida en el lugar de siempre. El saludo se quedó sin respuesta. El hombre ya estaba acostumbrado a esa aparente indiferencia mansa, a esa falta de cortesía muda y elemental. No sabía, no podía adivinar tampoco, lo que pasaba por la mente del otro en ese momento. 'Te traje tu comida', dijo el hombre como si fuera necesario reiterar lo que era obvio. Luego tomó la escoba para limpiar el lugar. Había dejado la puerta abierta. 'Tienes esto hecho una porquería' , le dijo el hombre sin esperar respuesta, pero entonces supo que el silencio le devolvía un sordo rencor ante el aparente reproche. En otra época el otro se habría abalanzado a devorar la magra ración, como un niño goloso. Pero esta vez ni siquiera se acercó. Algo había cambiado en él. ¿Estás enfermo?", le preguntó el hombre, extrañado por su quietud inusual y su mirada fría, mientras continuaba tratando de poner un poco de orden en aquel caos. La respuesta, silenciosa y repentina, la sintió en el calcañar. Una punzada aguda y la presión de una pinza implacable le derribaron. Luego los brazos, el vientre y la cabeza recibieron el castigo furioso. El hombre apenas tuvo tiempo de superar la sorpresa, de asimilar la incompresible enormidad de lo que ocurría. Por las heridas manaba la sangre y se le iba la vida mientras el jabalí, incontenible ya, se cebaba con su carne.

Aristides Cajar Páez
Marzo de 2008

Desandar

No conozco su nombre. Pero sé que lo he visto antes. Muy sucio y descuidado, su negra piel aparecía opaca y cenicienta. Es alto y pese a que se adivinaba que llevaba tiempo sin comer, sus huesos aún se notaban fuertes. Él decidió hacer ese día algo que todos deseamos alguna vez. Cumplir un sueño infantil, curarnos de dolores, borrar las memorias desagradables. Cuando éramos pequeños nos dijeron que no. Que era imposible hacerlo. Que era una necedad. Ahora también se lo hemos dicho a nuestros hijos. Que no se puede. Que es absurdo. Que es un rasgo de inmadurez, una pataleta inútil para no aceptar los hechos. La mañana era luminosa y el sol invadía todos los espacios, se apoderaba de todas las superficies. Allí estaba él. Pasé a su lado en el carro, lentamente. La calle estaba congestionada. Los vehículos apenas se movían. Entonces vi el milagro. Lentamente, paso a paso, él, se iba despidiendo del porvenir y regresaba resuelto hacia el origen, descontaba en su andar inverso los minutos, se iba hundiendo en el tiempo ya transcurrido. Que los entendidos decidan si es locura o fábula. Yo sé lo que vi. Sobre el puente de Río Abajo el negro enorme sonreía: caminando hacia atrás había logrado regresar al pasado.

miércoles, 28 de enero de 2009

El camino de la mayoría (otra de Hesse)

"-Las cosas que vemos -dijo Pistorius con voz apagada- son las mismas cosas que llevamos en nosotros. No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego. Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría. Sinclair, el camino de la mayoría es fácil, el nuestro difícil".

Herman Hesse
'Demian', Cap. 6. 'La lucha de Jacob'

martes, 27 de enero de 2009

Aéreo


Hay días inasibles

aéreos

en los que más vale irse por las ramas

saltar por la ventana

y volar


Hay días indescifrables

etéreos

donde no sabemos si somos sueños

y nos estrellamos, insalvables, contra el mundo


Hay sueños imposibles

aéreos

que vuelan sin retorno

que nos abandonan, indolentes

en la mitad del cielo.




Aristides Cajar Páez

diciembre 2008

sábado, 24 de enero de 2009

Homo tecnológicus

Digan lo que quieran. Estoy enganchado. Encadenado. Dependiente. La teconología me puso su grillete (virtual, por favor) y me hace que me postre a sus pies. Hoy voló en pedazos (pedazos informáticos, hay que decir) mi buzón de correo de la oficina. El peso de unas fotos hizo que la memoria (que no es de elefante, esta se expresa en gigabytes) del correo 'colapsara' (odio esta palabra, más bien el desgaste y la desnaturalización impune e inmisericorde que los medios de comunicación le hemos infligido). Volaron documentos importantes, direcciones de gente con la que nunca más voy a poder comunicarme, frases memorables que a veces alguien dice a través de los correos, listados de trabajos importantes, avisos, etc. Detesto esta dependencia, pero como el adicto, no puedo librarme de ella. Yo al menos conocí otro tiempo feliz en el cual esto no existía y las cosas se hacían de otro modo. Compadezco a los más jóvenes que no conocieron, ni tienen hoy otra alternativa.

jueves, 22 de enero de 2009

La vuelta de enero

Volví a enfrentarme con el dios del Tiempo. Temible, me amenaza con tambores que retumban a lo lejos. Finjo no notarlo (y que lo demás no lo noten, lo que usualmente es inutil como se vé) y por eso evito socializar ese encuentro anual e inevitable con el calendario. Le tengo una deuda y sé que me la quiere cobrar. La deuda de haber dormido descaradamente durante años, de haberme entregado a la molicie deliciosa, epicúrea. La deuda de haber quemado, indolente, los días sin mayor gracia ni ventura, de haberme vuelto tremendamente hábil en sobrevivir sin demasiado esfuerzo, sin apostarle demasiado a nada, resguardado de las asechanzas de la vida y por supuesto, de sus recompensas también. Pero ya me harté. No quiero dormir más.